Concurso literario 2018

XIV CONCURSO LITERARIO
I.E.S. CASTILLA
2017-2018
ACTA DEL JURADO DEL XIV CONCURSO LITERARIO
1ª CATEGORÍA. 1º CICLO E.S.O.
Jimena Cuevas Balenzategui
2ª CATEGORÍA. 2º CICLO E.S.O.
Sara Meda López
3ª CATEGORÍA. BACHILLERATO Y MÓDULOS.
Eva Golbano Durán
Querido Fernando:
Vaya, se me hace difícil nombrarte así después de tanto tiempo y de haberte llamado cariño, mi amor, cielito y mil otros nombres llenos de ternura los cuales pronuncié refiriéndome a ti y hoy me arrepiento.
Han pasado muchos años desde la última vez que te escribí aquella carta llena de valor en la que por una vez tomaba mi propia decisión después de tanto tiempo anulada por ti. Quizá pensaste que me arrepentiría y que a la semana estaría de nuevo a tu lado, pero no. Me rodeé de aquellas personas que me querían y ellas me ayudaron a rehacer mi vida.
Con el tiempo aprendí a diferenciar entre la gente que de verdad me apreciaba y las personas que tan solo me utilizaban, que jamás les importé y que solo me trataban como un objeto. Las personas como tú.
El tiempo pasa, las personas cambian y espero por tu bien que no seas el mismo de antes. No te deseo nada malo, ni mucho menos. Lo único que deseo en este mundo es que ninguna otra mujer tenga que pasar lo que yo pasé por tu culpa. Que nadie jamás se sienta como yo me sentí. Esclava, reprimida, sin derecho a ningún tipo de derecho a decidir sobre algo tan personal como es mi vida. ¡Mi vida!
Y no te equivoques, yo siempre te amé, te amé con toda mi alma. Te quise tanto que habría dado hasta la vida con el único propósito de lograr tu felicidad. Tanto te quería y tanto deseaba tu felicidad que terminé anulando la mía, entregándome por completo a ti y, aunque me quitabas todo y jamás me aportaste nada, dejándome engañar por tus palabras llenas de “amor”.
Aunque nunca me creíste cuando te lo juraba, hoy te repito por última vez que siempre te fui fiel, al contrario que tú. No te empeñes en negarlo, ya lo fui descubriendo con el tiempo, pero tranquilo. Eso me ha ayudado a darme cuenta de que nunca me quisiste.
Fue doloroso y me costó mucho aprender a vivir sin ti, a recuperar la autoestima perdida, a dejar de ser un minúsculo parásito y a caminar por mí misma. Fue aún peor asimilar que todo había acabado así después de tanto tiempo juntos y felices.
Es curioso. Cuando empezamos éramos una pareja envidiada. Nos queríamos y nos encantaba pasar tiempo juntos. Tú, el novio más romántico y yo la más detallista. Sentía que no podía ser más feliz. Pero era joven e ingenua y las cosas empezaron a cambiar.
Empezaste a ser frío conmigo y a preocuparte mucho más de con quién, cuándo y dónde salía. El cariño se volvió control y los problemas en serio empezaron cuando pronunciaste las palabras: “¿Vas a salir con ese vestido? ¿No es muy escotado?”
Cometí el grave error de cambiarme de vestido. Y al final que tú me seleccionaras la ropa se volvió una costumbre. Cada vez que salíamos me tenías que dar tu aprobación. No sé cómo lo soporté.
Y de ahí pasamos a las personas con las que salía. Tenías unos celos estúpidos cada vez que te mencionaba a alguno de mis amigos. Al final tanto desconfiaste de mí que me empezabas a espiar los mensajes, a vigilar mis redes sociales y, a veces, hasta respondías a mis llamadas. Por tu culpa me quedé sin amigos.
Un día se me ocurrió echártelo en cara y entonces me pegaste. Aún conservo esa marca, pero el simple hecho de que me pegaras me dolió más que el golpe en sí. Esa fue la primera vez, pero no la última.
Quiero que sepas que el que llegaras cansado de trabajar NO era una excusa para tratarme así y que yo jamás tuve la obligación de tener la comida lista a la hora que tu eligieras. Tampoco el hecho de ser tu novia me daba la obligación de darte detalles de con quién había hablado. Y te recuerdo que yo también trabajaba, así que no veo por qué era yo la que debía encargarse de la limpieza de la casa. Tampoco tenía la obligación de querer sexo siempre que a ti te apetecía. Supongo que ahí el porqué de las infidelidades.
Pero tranquilo, no te guardo rencor. Me siento más enfadada conmigo misma. Sí, me detesto por haber soportado durante tanto tiempo tu maltrato, por haber aceptado que me privaras de mi libertad, por dejar que montaras estúpidas escenas de celos cuando yo jamás te fui infiel, por haberme callado cuando tú me agredías, por haber cambiado mi vestuario cuando a ti no te gustaba, por haber obedecido tus órdenes, por siquiera haberme planteado que todo lo que me estaba pasando era culpa mía -porque no lo era- y, sobre todo, por no haber acabado con los problemas desde el principio, por no haber cortado por lo sano desde el momento en el que dijiste: “¿Vas a salir con ese vestido?”.
Así que sí, te perdono. Ojo, perdono, pero no olvido. Jamás olvidaré lo que me hiciste y tampoco deseo que así sea. De los errores se aprende y no quiero que ni yo ni ninguna otra mujer cometa de nuevo mi error.
Por lo tanto, voy a hacer pública esta carta para que cualquier mujer que esté pasando por algún tipo de maltrato se sienta identificada y acabe con el problema antes de que vaya a peor. Te pondré un nombre falso para respetar tu privacidad, aunque tú no hiciste lo mismo conmigo para que veas que no te guardo rencor.
Así que tú, mujer, si estás leyendo esto y has sufrido maltratos por parte de tu pareja no te quedes callada. Da igual lo mucho que le quieras o si después se disculpa. No te dejes engañar. Si te pega no te quiere. Y ni eres suya ni jamás le pertenecerás. Sabes que solo necesitas un poco de valor y podrás acabar con esto cuando quieras. Estoy contigo.
Saludos. Firmado: Podría ser cualquiera.
Jimena Cuevas Balenzategui. 2º ESO B
13 HORAS
<< Sentí la cálida mano de mi madre junto a la mía. Ella era lo único que necesitaba en ese momento. Su presencia me bastaba, me reconfortaba. Sabía que tenía muchas cosas que decirme, pero cada vez que intentaba hablar dejaba escapar un suspiro de arrepentimiento.
Nunca la había notado tan abatida. “Mamá, estoy bien. No te preocupes… lucharé”. Eso era todo lo que quería decirle, pero no podía. Estaba tan cerca de ella, y a la vez tan lejos. Aún tenía que cruzar aquel oscuro túnel para poder volver a ver su rostro, y regresar a la vida real. Era como si mi cuerpo estuviese a cientos de kilómetros de mí. Desde arriba se veía todo más claro, pero aún era demasiado pronto como para quedarme ahí para siempre. Es extraño, pero me sentía cómoda, tranquila, a salvo. Ya no tenía preocupaciones. Por primera vez era libre, y dueña de mí misma. Además, sabía que yo era la única que podía sacarme de ahí. Ni todos aquellos tubos a mi alrededor ni los médicos que rondaban mi cuerpo apresurados podían hacer nada por salvarme si yo no luchaba. Pero no me iba a rendir. Aún no.
Ya no le tenía miedo a nada. Ni a nadie. Sí, Raúl, a nadie. Ni siquiera a ti. Ya no.
“Eres la mujer de mi vida”, “Te quiero como a nadie”. Llámalo cursiladas, mentiras, o boberías de un amor adolescente. Esas palabras eran de todo menos ciertas. Seguro que se lo decía a todas sus novias anteriores. Pero claro, yo era especial. Estaba segura de ello. Con diecisiete años aún era demasiado inocente como para no creérmelo.
Todo comenzó cuando me cambié de instituto. Al principio me parecía un buen chaval y poco a poco fuimos haciéndonos más amigos hasta que nos empezamos a gustar y fuimos novios. Pero he de reconocer que fue él quien insistió en salir conmigo. Al principio éramos una pareja feliz, hasta que sin darme cuenta se empezó a adueñar de mi vida.
Primero me pedía el móvil para comprobar que no tenía nada que ocultarle, y yo se lo permitía, como si fuese lo más normal mundo. Luego me venía a buscar siempre que salía con mis amigas para que todos supieran que estábamos juntos y evitar que “ligasen conmigo”. Después me obligaba a ponerme pantalones en vez de minifalda para que los otros chicos no se fijasen en mí. Pero de repente, a causa de los celos, llegó la violencia, los insultos, aquel infierno que no quiero ni recordar.
Fue entonces cuando me di cuenta de todo, y maduré. Pero ya era demasiado tarde. No me atrevía a dejarle, y mucho menos a denunciarle porque más que cariño le tenía miedo. Mucho miedo. Me controlaba. Discutíamos por cualquier tontería, y claro, mis estudios cayeron en picado. Ya no era la misma chica risueña e inocente, ahora mi vida se había convertido en un constante sufrimiento, un sinvivir que duró 1 año y 7 eternos meses.
Antes de que me empujase por las escaleras de mi portal ya había sufrido varios episodios violentos, pero no supe reaccionar. Recuerdo que comencé a maquillarme para tapar los moratones de mi cara, y disimular que todo iba bien. Qué ingenua. Seguro que todos lo sabían ya. Mis amigas se dieron cuenta, y mi madre también, por supuesto.
Eso es lo que más me duele. Ahora, desde esta cama para enfermos, desde este estado pacífico y relajado veo todo más claro. Antes no. He tenido que entrar en un coma para darme cuenta de que estaba conviviendo con un maltratador y de que mi vida corría un grave peligro. Ahora entiendo a todas esas chicas que han muerto en manos de sus parejas. A todos esos niños enfermos que estaban dormidos y a la vez despiertos. Todos los consejos que recibía por parte de mi madre… ¡Cuánta razón!
-Hija, deberías centrarte más en los estudios. Este año tienes la EVAU, y no te veo estudiar nada. Estás todo el día con Raúl, y ese chico lo único que hace es controlarte. No me gusta.
-Venga, hombre. Si Raúl es un cielo. Cuida mucho de mí. Aunque… bueno, da igual.
-¿Aunque…? Hija mía, ten cuidado. De verdad. Aún eres demasiado inmadura. Sé que cuando dijiste que te habías caído con la bici, te pegó. Y que cuando te dieron un balonazo, también te pegó.
-Mamá… – Me había descubierto. Ya no tenía sentido ocultarlo. Quería acabar con todo, pero
no sabía cómo. – ayúdame. No quiero seguir más con esto. – Y empecé a llorar.
-Si te pega no te quiere. Tenlo claro. Ahora mismo vamos a ponerle una denuncia.
-¡No! No puedo. Eso sí que no. Hoy mismo he quedado con él. ¿Sabes qué? Voy a dejarle.
Me sequé las lágrimas y me fui. Me fui. Dando un portazo. Sin darle las gracias a mi madre por hacerme entrar en razón. Por apoyarme, por cuidarme. Simplemente me fui.
Bajé hasta mi portal. Pero él estaba ya allí. Me asusté. Todo esto había llegado demasiado lejos.
Sin ni siquiera decir una palabra, ya sabía que estaba enfurecido, y que me esperaban unos cuantos puñetazos. No era capaz de decirle que quería romper con él. Aún no había reunido el coraje suficiente.
-Llegas tarde. Ya iba a buscarte. ¿Qué tienes que hacer que sea más importante que estar conmigo? ¡Nada! Si me quieres demuéstralo.
-¡No te quiero! ¡Te odio! ¿Has oído? Te o – dio. ¡Ya no somos nada!
Hasta yo misma me quedé impresionada. No sé cómo lo hice, pero tuve valor para desahogarme. Quizá no debería haberlo hecho. Esas palabras, esa revelación, casi me cuesta la vida.
-¡Zorra de mierda! – Eso fue lo único que se le ocurrió antes de emplear la violencia.
Bofetada. Golpe en el pecho. Gritos. De repente, pierdo el equilibrio. Caigo descontroladamente por las escaleras. Pierdo la consciencia. Hasta creo perder mi vida. Por lo menos lo pierdo a él.
Después de eso no sé lo que pasó. Me levanté aquí, entre agujas y médicos, debatiéndome entre la vida y la muerte. No me dolía nada. Sólo el corazón. Era como si me hubiera despegado de mi cuerpo, pero aún pudiera seguir viendo a todos desde arriba. Solo quería vivir por ellos, por no hacerlos sufrir, por vencer a mi maltratador, por no darle el placer de verme morir.
Eran caminos difíciles. La muerte, segura y dispuesta a persuadirme para que me fuera con ella. La vida, débil, aunque con una ligera esperanza. Pero yo… yo decidía. Solo yo. Era una paz eterna, y tarde o temprano la gozaría. Pero solo tenía una vida, esta. Y no podía dejarla pasar.
Mi madre aún seguía junto a mí. Mis pensamientos lo decían todo, pero mi cuerpo estaba inmóvil. Quería abrazarla. Alegrarla. Preguntarle cómo le había ido la conferencia. Pero no podía… ¿o sí?
Avancé en el túnel. Ya veía una luz. No estaba tan oscuro. Podía vivir. Quería vivir. Un último esfuerzo… Mis ojos se entreabrieron. Una vez, dos, tres. Dolor y alegría, fue algo extraño. Me sentía viva. Estaba viva. La expresión de mi madre pasó de tristeza a asombro y finalmente se tradujo en una sonrisa enorme. Habían sido las 13 horas más largas de mi vida. >>
Entrevista a Olivia Fernández, escritora y psicóloga. 4 de abril de 2027.
-Gracias, Olivia, por leernos un fragmento de este libro tan maravilloso. Es un placer tenerte aquí. ¿Cuánto hace ya de esto?
-Nueve años, ¡cómo pasa el tiempo! Muchas gracias al programa por invitarme. Estoy muy orgullosa de poder compartir mi experiencia con todos vosotros para que la violencia de género desaparezca. Salir del coma me hizo ver lo valiosa que es una vida, y si este libro sirve para salvar a una sola mujer, ya habrá merecido la pena.
-Unas palabras muy conmovedoras, sí señor. Hacemos una pausa y en seguida volvemos. ¡Hasta ahora!
Sara Meda López. 4º ESO A
Diario
Dieciséis de septiembre, 2017.
Ha sido el primer día de curso después del verano. Me estaba pareciendo igual de aburrido que siempre. Conocer a los profesores, presentarnos, contar lo que hemos hecho en las vacaciones… Es decir, lo mismo de todos los años. Pero, de repente, algo era distinto. Ana se ha presentado ante la clase como en los cursos anteriores, y tras ella durante dieciséis años, tenía que ir María, pero no. Un chico nuevo ha llegado. Se ha descrito como extrovertido y aventurero, dispuesto a enfrentarse a lo que sea. Por el tono tan arrogante con el que lo ha dicho, yo lo hubiera descrito mejor como chulito y estúpido, pero, obviamente, me he callado. A pesar de esa soberbia, Hugo (creo que se llamaba así) me ha parecido muy atractivo, físicamente solo. De lo psicológico no me enamoraría jamás. Es un chico de pelo cobrizo, el cual es lo suficientemente largo para que se lo pueda pasar por las orejas, tiene unos ojos redondos y muy abiertos del color de la miel, tiene una nariz menuda y simétrica y unos labios rojos y carnosos. En cuanto a su físico, es el chico más musculado de toda la clase, y eso es fácil de notar si lleva una cazadora que pueda explotar en cualquier momento de lo ajustada que está. Yo creo que por la manera en la que le miraban todas las chicas, lo más probable es que caigan rendidas. Pobrecitas, no aparenta ser el modelo de novio ideal.
[…]
Veintitrés de enero, 2018.
Creo que le gusto. No ha parado de mirarme con esos ojos dulces desde que llegamos de navidades. No sé qué se piensa, ¿qué está haciendo? ¿cree que puede intentarlo conmigo? Lo lleva claro. Jamás, en un millón de vidas. Se puede apreciar desde la distancia esa actitud tan maquiavélica que tiene. Estoy segura de que está planeando algo para que caiga en su trampa. ¿Por qué yo? Con el encanto físico que tiene podría conseguir a cualquier chica de la clase. Además, yo no soy la más guapa, ni la que desvía miradas o gira cabezas. Es imposible que le guste. Ni yo me gusto a mí misma la mayor parte del tiempo. Lo peor de su propósito es que es lo mismo de siempre, el chico más guapo de la clase cautiva a una joven, y hace que se enamore hasta tal punto que sea incontrolable, y en ese momento, y, solo en ese, la destruye por mera diversión. Pues yo no voy a caer en tus redes Hugo. Me da igual lo atractivo, atento y considerado que seas, lo bien que me estés tratando últimamente, la dulzura con la que me hables, que me busques con esa mirada arrebatadora… Espera un momento, ¿me gustas? No. Imposible. ¿No?
[…]
Dos de mayo, 2018.
Ya es oficial, no me lo creo. Hoy Hugo me ha presentado ante sus padres como su novia formal. Ha sido el momento más bonito que he vivido en mi vida, porque sé la importancia que tenía esto para él, así que solo puede significar que me quiere de verdad. Esta relación me ha cambiado la vida. Por fin me siento querida tal y como soy, le importo a alguien y me siento protegida. No entiendo por qué ninguno de mis amigos aprueba nuestra relación. Es lo único malo, que detestan a Hugo. Pero me da igual, yo lo amo con locura y dejaría de ser su amiga con tal de poder seguir a su lado para siempre. Si ya me fui de casa de mis padres porque lo quería, esto también lo podré hacer.
Bueno, volviendo al día de hoy. Ha sido perfecto. Me ha levantado Hugo, ha hecho el desayuno, luego nos hemos duchado y tras eso me he vestido y me he maquillado los moratones de nuestra última pelea. Han quedado bien teniendo en cuenta lo grandes que eran y cómo me dolía aplicar la base sobre ellos. Pero fue mi culpa que me pegara. Está claro que no podía salir con
aquella minifalda de noche. Me salvó de que hubiera podido pasar algo horrible. Además, fue tan atento al decir que podía provocar malas intenciones al llevarla, en vez de decir que me podrían haber violado. Sabe que yo temo eso. Es tan considerado.
[…]
Catorce de noviembre, 2018.
No sé qué le pasa. Últimamente está un poco irascible. Siempre intento hacer lo que me pide, aunque no me guste, hago como si no me importase que vuelva todas las noches a las tantas con una chica diferente, voy cuando me lo pide y me voy de casa cuando quiere. No se me ocurren más ideas para complacerlo. Yo lo abandoné todo cuando me distancié de mis amigos y me fui a vivir con él, y además dejé a mis padres atrás. Me lo pidió y lo hice, lo normal. Pero parece que ya no es suficiente. Estoy empezando a desesperarme, pero da igual. Tendré paciencia. No puedo echar a perder lo mejor que me ha pasado en la vida.
Por cierto, ya no tengo que ir a rehabilitación por el brazo que me partió, así que está más contento por no tener que pagarlo. Me alegro de que lo esté. Seguro que todo se acabará solucionando, confío en ello.
[…]
Veintiuno de febrero, 2019.
Tengo miedo, le tengo miedo. No puedo pedir ayuda, ¿y si se entera? Me pegará y a lo mejor acaba conmigo, ya lo ha intentado. Mamá me lo advirtió, y papá, y Gema y Ana y María y Luis y Gonzalo. Todos me lo dijeron. Acabará haciéndote más daño de lo que jamás te quiera. Lo siento, teníais razón, soy una estúpida. No sé cómo escapar. Ayudadme por favor. Daos cuenta de que no estoy bien. ¿Y si huyo? No, sabe dónde viven todos. ¿Y si llamo a la policía? No puedo, controla mis llamadas. ¿Y si me suicido? No aguanto más. Soy una cobarde. Teníais razón, lo siento mucho. Ojalá lo hubiera sabido. Creo que ya es tarde. Ha llegado, está en casa. Pase lo que pase, os quiero, lo siento.
Réquiem (Veintitrés de febrero, 2019)
Fuimos amigas desde que teníamos tres años. Nos juramos estar juntas hasta la eternidad. Promesa incumplida. Tu muerte nos ha arrebatado la dulzura que tenías, tu inocencia, tu amabilidad, tu destreza en la pintura, la cual te hubiera llevado al Prado, tu sonrisa, tu irradiante felicidad, tu preciosidad, aunque pensaras que carecías de ella, y, también, tu testarudez, la cual te condujo directa a las manos de tu asesino, porque pensaste, con un gran desacierto, que alguien que te pegaba, te quería.
Eva Golbano Durán. 1ºBach CC.SS. A